
Hay preguntas que nacen desde la ironía, pero que en el fondo esconden una profunda tristeza.
¿Cuántas tormentas más necesitamos para que nuestras calles dejen de inundarse?
Cada invierno la escena vuelve a repetirse. Bastan unas horas de lluvia para que aparezcan los mismos hoyos, las mismas calles anegadas y los mismos vecinos preguntándose si podrán salir de sus casas, llevar a sus hijos al colegio, ir a trabajar o simplemente cruzar una esquina sin mojarse hasta las rodillas.
Y entonces ocurre algo que pocas veces decimos en voz alta.
No es la lluvia la que nos deja encerrados.
Es la ausencia de soluciones.
La naturaleza hace lo que siempre ha hecho. Llueve. El problema comienza cuando una infraestructura que debió prepararse para enfrentar esa lluvia no responde. Cuando el agua no tiene por dónde escurrir. Cuando un hoyo que estuvo meses esperando reparación termina convirtiéndose en una pequeña laguna. Cuando una calle deja de ser un espacio público para transformarse en una barrera.
En ese momento dejamos de decidir nosotros.
Es la lluvia la que decide si podremos salir de casa.
Y ninguna persona debería perder su libertad de movimiento porque una tarea básica de mantención quedó pendiente.
Las ciudades existen precisamente para protegernos de las dificultades que impone la naturaleza. Construimos caminos para avanzar, puentes para cruzar ríos, canales para conducir el agua y veredas para caminar seguros. Esa es una de las funciones más elementales del espacio público.
Por eso duele cuando, año tras año, normalizamos aquello que nunca debió convertirse en costumbre.
Hay comunas en Chile que enfrentan enormes carencias. Municipios que deben elegir entre atender urgencias sociales, mantener servicios esenciales o reparar calles porque simplemente los recursos no alcanzan para todo. Allí es posible comprender que existan prioridades difíciles.
Pero esa no puede ser nuestra resignación.
Santo Domingo es una comuna privilegiada. Cada temporada recibe a miles de familias. Aquí descansa una parte importante del país. En nuestras playas, campos y barrios vacaciona una fracción significativa de la actividad económica de Chile. Somos un territorio que aporta valor, que atrae inversión y que proyecta una imagen de calidad de vida.
Precisamente por eso resulta difícil aceptar que una lluvia relativamente normal siga dejando vecinos aislados y calles intransitables.
No es una cuestión de lujo.
Es una cuestión de dignidad.
Una comuna que aspira a ser un referente nacional no puede acostumbrarse a que sus habitantes organicen su día mirando el pronóstico del tiempo para saber si podrán salir de sus casas.
La verdadera calidad de vida no se mide solamente por los paisajes que admiramos cuando sale el sol.
También se mide por la tranquilidad con que enfrentamos los días grises.
Porque una ciudad bien cuidada no demuestra su fortaleza cuando todo marcha bien.
La demuestra cuando llueve.
En la Fundación Soñar Santo Domingo creemos que las ciudades no se construyen únicamente con cemento, tuberías o pavimento. También se construyen con decisiones. Con la convicción de que ninguna tarea cotidiana es demasiado pequeña cuando de ella depende la vida de las personas.
Reparar una calle no es solamente tapar un hoyo. Es permitir que un adulto mayor llegue con seguridad a su consulta médica. Es evitar que una madre tenga que cambiar la ruta para llevar a sus hijos al colegio. Es darle tranquilidad a quien sale temprano a trabajar o regresa de noche a su hogar.
Son esas pequeñas decisiones las que terminan construyendo la calidad de vida de una comunidad.
Soñamos con un Santo Domingo donde la lluvia vuelva a ser solamente lluvia. Donde no anuncie aislamiento, preocupación ni resignación. Donde podamos mirar el cielo con la calma de saber que nuestra comuna está preparada para responder.
Porque una comuna que aspira a ser un ejemplo para Chile no se reconoce únicamente en sus paisajes ni en la belleza de sus veranos.
Se reconoce en la forma en que cuida a sus vecinos durante los días más difíciles.
Ese es el Santo Domingo que soñamos.
Y creemos, sinceramente, que es un sueño que merece convertirse en una decisión compartida.
Fundación Soñar Santo Domingo
Soñando hoy la comunidad que heredarán las próximas generaciones.
Hay un lugar en este sueño para ti.
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