Cuando decidimos Volver a Enseñar a Ser Ciudadanos

Una historia desde Santo Domingo, primavera de 2060

Nota editorial: Este texto es un ejercicio de imaginación. Una forma de preguntarnos, desde la Fundación Soñar Santo Domingo, qué nos gustaría poder contar dentro de treinta y cinco años. Lo que aquí se narra no ha ocurrido. Todavía.

Tengo ochenta y tantos años y todavía recuerdo aquella mañana.

No recuerdo la fecha exacta. Con los años, las fechas se borran y quedan otras cosas: una voz, una sala, una conversación.

Sí recuerdo la casa: una construcción de dos pisos cerca de la costa, con las ventanas abiertas porque octubre ya traía ese calor liviano que anuncia la primavera en Santo Domingo. Éramos cinco alrededor de una mesa demasiado pequeña para tantos papeles. Recuerdo el olor a café frío y el ruido de fondo del mar, que en esa casa nunca se apagaba del todo.

Y recuerdo la frase, aunque nunca supe con certeza quién la dijo — durante años me gustó pensar que había sido yo. Alguien dejó la taza sobre la mesa y dijo, casi como quien piensa en voz alta: «Quizás el problema más grande de Chile no es que sus ciudadanos no quieran participar. Es que dejamos de enseñarles qué significa serlo.»

Nadie respondió enseguida. Recuerdo ese silencio — no incómodo, sino el silencio de una idea que todavía no sabe si es grande o solamente lo parece.

En ese momento la frase me pareció demasiado grande.

Hoy, en 2060, sé que no lo era.

Yo fui parte de aquella cruzada. No fue una gran campaña nacional ni una marcha multitudinaria. Fue algo mucho más modesto y, quizás por eso mismo, mucho más profundo.

Comenzó en Santo Domingo.

La Fundación Soñar Santo Domingo había comenzado a insistir en una idea sencilla: si queríamos soñar el futuro de nuestro lugar, primero teníamos que recordar qué significaba ser ciudadanos.

Por entonces habíamos pasado demasiados años hablando de política sin hablar de ciudadanía. Discutíamos sobre candidatos, partidos, polémicas y promesas. La política se había convertido en espectáculo y, de tanto escuchar consignas, empezamos a confundir gobernar con decir aquello que la gente quería escuchar.

También esperábamos mucho del Estado y conocíamos muy poco de cómo funcionaba. Queríamos que resolviera nuestros problemas, pero rara vez nos preguntábamos quién tenía realmente la responsabilidad o qué consecuencias podía tener una decisión tomada para satisfacer una demanda inmediata.

Y mientras todo eso ocurría, habíamos dejado de enseñar algo bastante elemental a nuestros niños.

Educación Cívica.

Chile había tenido durante décadas un espacio específico para enseñar estas materias. La reforma curricular de los años noventa cambió ese modelo y la Educación Cívica dejó de existir como asignatura independiente, incorporándose sus contenidos dentro de una formación ciudadana transversal. La intención podía ser razonable. El problema fue que, con el tiempo, aquello que debía estar en todas partes terminó estando demasiado poco presente.

No era que nuestros niños no fueran inteligentes. Ni que no les interesara Chile. Era que muchos no tenían quién les explicara qué significaba pertenecer a una República.

Y entonces ocurrió algo sencillo.

Decidimos hablar de eso.

Recuerdo las primeras conversaciones. No teníamos grandes recursos. Teníamos preguntas. ¿Qué debería saber un joven antes de votar por primera vez? ¿Cómo funciona una municipalidad? ¿Qué hace un concejal? ¿Cuáles son nuestros derechos y cuáles nuestros deberes? ¿Cómo se puede pensar distinto sin convertir al otro en enemigo?

Y apareció una pregunta incómoda:

¿Dónde habíamos aprendido nosotros todo aquello?

Muchos descubrimos que lo habíamos aprendido a medias. Algunos en nuestras casas. Otros leyendo. Otros equivocándonos. Algunos nunca.

Ahí comenzó todo.

Desde Santo Domingo empezamos a conversar con colegios, profesores, padres, jóvenes, organizaciones y autoridades. No queríamos enseñar una ideología. Queríamos enseñar las reglas del juego.

Nunca quisimos decirles a nuestros niños qué debían pensar. Queríamos que aprendieran a pensar, conocieran las instituciones, entendieran la democracia y ejercieran su libertad con responsabilidad.

Al principio algunos pensaron que era una idea romántica. Alguien preguntó, con cierta ironía, si realmente creíamos que una clase podía cambiar Chile.

Yo recuerdo haber pensado que probablemente no.

Una clase no.

Pero miles de clases durante muchos años, quizás sí.

Y eso fue lo que comenzó a ocurrir.

Lo que nació como una conversación en Santo Domingo empezó a extenderse por la provincia y después por otras comunas. Profesores recuperaron tiempo para conversar sobre ciudadanía. Padres comenzaron a pedirlo en sus colegios. Jóvenes organizaron debates. Municipios abrieron espacios para explicar cómo se tomaban las decisiones.

Y lentamente cambió algo más profundo.

Cambió la manera en que nos mirábamos.

Aprendimos que un ciudadano no es un cliente del Estado. Que una municipalidad no es una empresa de servicios personales. Que un alcalde no puede resolverlo todo. Que los derechos son fundamentales, pero que una sociedad libre también necesita ciudadanos dispuestos a asumir responsabilidades.

¿Y qué significaba, en la práctica, comportarse como ciudadano? No era heroísmo. Era algo más simple: pagar lo que correspondía sin buscar el atajo, informarse antes de opinar, ir a votar aunque lloviera, participar en la junta de vecinos aunque pareciera aburrida, corregir a un hijo cuando tiraba basura en la calle, defender una regla incómoda cuando era justa. Ciudadano era el que cuidaba lo común como si fuera propio — porque, en realidad, lo era.

Nos demoramos años en comprenderlo.

Pero lo comprendimos.

Hoy, cuando veo a mis nietos participar en los consejos ciudadanos de sus colegios, discutir sobre el presupuesto de su comuna o conversar sobre una política pública sin preguntarse primero de qué partido es quien la propone, siento una satisfacción difícil de explicar.

No porque hayamos construido una sociedad perfecta. No existe.

Pero aprendimos algo fundamental:

La democracia necesita ciudadanos.

Y los ciudadanos no aparecen por generación espontánea.

Se forman.

Cuando miro hacia atrás, me conmueve pensar que todo comenzó con una pregunta tan sencilla que casi daba vergüenza formularla:

¿Quién nos enseñó a ser ciudadanos?

Y me alegra haber estado allí cuando Santo Domingo decidió no conformarse con la respuesta.

Hoy, en 2060, puedo decir que aquella conversación cambió la provincia. No ocurrió de un día para otro. Fue una transformación silenciosa: una generación comenzó a hacer las cosas de otra manera y terminó dejando otra cultura a quienes venían detrás.

Y quizás eso sea lo que más me satisface.

Haber participado.

Haber puesto una pequeña piedra en un camino que después recorrieron miles.

Porque finalmente entendimos algo que debimos haber sabido desde siempre: amar a Chile no consiste solamente en emocionarse con su bandera, cantar su himno o hablar de la patria.

También consiste en conocerla, comprender sus instituciones, respetar sus reglas, defender la libertad, cuidar al que tenemos al lado, participar, hacerse responsable y enseñar todo eso a quienes vienen detrás.

A veces pienso que, si pudiéramos volver a aquella mañana y contarle a ese grupo de vecinos lo que finalmente ocurrió, probablemente no nos creerían.

Yo tampoco lo habría creído.

Pero ocurrió.

Y por eso, cuando me preguntan de qué me siento orgulloso, pienso en aquella conversación.

En Santo Domingo.

En un grupo de personas que decidió que no bastaba con soñar el futuro.

Había que preparar a quienes tendrían que construirlo.

Y entonces decidimos volver a enseñar a ser ciudadanos.

Quizás ese fue uno de los mejores servicios que le hicimos a Chile.

 

Fundación Soñar Santo Domingo

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