
Voces de la Provincia es un espacio abierto creado por la Fundación Soñar Santo Domingo para publicar las reflexiones, propuestas y opiniones de personas que contribuyen al debate público sobre el presente y el futuro de nuestra provincia. Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor.
Luis Felipe Correa Reyes
Vecino de Santo Domingo
Una caminata por Santo Domingo y una pregunta que vale la pena hacerse
Hace algunos días salí a caminar.
Nada extraordinario. Una de esas caminatas que uno hace para despejarse, mirar lo que ocurre alrededor y, de paso, ir a comprar un café.
Tomé una de las principales calles comerciales de Santo Domingo y empecé a mirar con más atención.
Y entonces me pasó algo curioso.
Comencé a descubrir negocios.
Uno aquí. Otro más allá. Después otro.
No eran locales comerciales construidos como tales. Eran casas. Casas que durante años uno conoció como viviendas familiares y que ahora parecían tener una nueva vida comercial.
La explicación estaba, en varios casos, a la vista: Microempresa Familiar. MEF.
Entonces recordé una carta publicada recientemente en uno de los principales medios de Santiago. Un vecino de Las Condes planteaba allí una preocupación que, mientras caminaba por Santo Domingo, comenzó a resultarme familiar: qué ocurre cuando una figura legal creada para facilitar el emprendimiento familiar desde la propia casa termina dando espacio a actividades que, al menos a primera vista, parecen tener poco de familiares y bastante de comerciales.


La pregunta me quedó dando vueltas.
Porque este no es un fenómeno nuevo en Santo Domingo.
Y como ocurre muchas veces cuando algo comienza a llamar nuestra atención, decidí informarme un poco más.
La Microempresa Familiar existe por una buena razón. Permite que muchas familias puedan emprender desde su propio hogar, desarrollar una actividad económica y generar ingresos sin tener que enfrentar desde el primer día las exigencias y costos de un establecimiento comercial tradicional.
Es una herramienta valiosa.
Pero precisamente porque es una herramienta creada para una situación determinada, uno se pregunta qué ocurre cuando la realidad comienza a ser distinta.
No estoy diciendo que las MEF que uno ve en Santo Domingo estén incumpliendo la ley.
No tengo antecedentes para afirmar eso.
Pero tampoco creo que sea ilegítimo preguntarse si todas las actividades que vemos funcionan efectivamente como aquello que la ley entiende por una Microempresa Familiar.
Porque una cosa es la autorización.
Y otra es la realidad que existe detrás de ella.
Santo Domingo no es cualquier lugar
Esto importa particularmente aquí.
Santo Domingo tiene una larga tradición residencial. Su tranquilidad, sus jardines, sus casas, sus calles y su escala forman parte de aquello que hemos elegido quienes vivimos aquí.
No es casualidad que nuestra planificación territorial haya buscado preservar determinadas características.
Por eso, cuando una casa comienza a funcionar, al menos visualmente, como un establecimiento comercial, la pregunta deja de ser solamente qué actividad se está desarrollando.
También aparece otra:
¿Qué está pasando con el lugar que elegimos para vivir?
No se trata de estar en contra de los emprendedores.
Muy por el contrario. Muchas pequeñas empresas familiares son parte importante de nuestra economía y de nuestra vida cotidiana.
La cuestión es otra.
Es preguntarnos si una figura creada para permitir que una familia pueda trabajar desde su casa puede terminar siendo utilizada, en algunos casos, para algo que ya se parece bastante más a un negocio instalado en una zona residencial.
Y si eso ocurre, aunque sea sólo en algunos casos, ¿qué significa para Santo Domingo?
Una pregunta que queda caminando
Quizás por eso aquella caminata terminó siendo algo más que una caminata.
Porque después de mirar esas casas convertidas aparentemente en negocios, uno empieza a mirar otras con mayor atención.
Y aparecen más.
Entonces pensé que quizás ésta no es una pregunta que debamos responder apresuradamente.
Tampoco corresponde que los vecinos hagamos de inspectores desde la vereda.
Pero sí podemos preguntarnos qué está ocurriendo.
Porque las ciudades cambian.
A veces lentamente, casi sin que nos demos cuenta. Una casa que deja de ser casa. Un comercio que aparece donde antes había una vivienda. Una actividad que se instala. Otra que llega después.
Y cuando queremos darnos cuenta, aquello que parecía una excepción ya forma parte del paisaje.
Santo Domingo ha construido durante décadas una identidad muy particular.
Quizás vale la pena preguntarnos, entre un café y una caminata, cuánto de esa identidad estamos dispuestos a cambiar.
Y cuánto queremos conservar.
Porque finalmente la discusión sobre las MEF no es solamente sobre patentes, permisos o negocios.
También es sobre qué tipo de Santo Domingo queremos seguir habitando?.
Y esa, creo, es una conversación que vale la pena comenzar.
Por Luis Felipe Correa
Vecino de Santo Domingo


