
«Las comunidades no eligen si el mundo cambia.
Lo que sí pueden elegir es cómo responder a esos cambios.»
Hay momentos en la historia de una comunidad en que el futuro deja de ser una idea lejana y comienza a tomar forma frente a nuestros ojos. Son momentos que generan entusiasmo en algunos, preocupación en otros y muchas preguntas en casi todos.
El Puerto Exterior de San Antonio es uno de esos momentos.
Durante los últimos meses hemos escuchado conversaciones de todo tipo. Hay quienes ven en este proyecto una oportunidad extraordinaria para el desarrollo de la provincia. Otros miran con inquietud los posibles impactos sobre el medio ambiente, el tránsito, el paisaje o la calidad de vida que tanto valoramos en Santo Domingo.
En la Fundación Soñar Santo Domingo creemos que ambas miradas merecen ser escuchadas con respeto.
Las grandes decisiones nunca deberían construirse sobre caricaturas. No es cierto que quienes tienen inquietudes sean enemigos del progreso. Tampoco es cierto que quienes apoyan el proyecto no amen esta tierra. La inmensa mayoría de las personas quiere exactamente lo mismo: que Santo Domingo siga siendo un lugar privilegiado para vivir y que nuestros hijos encuentren aquí más oportunidades de las que tuvieron sus padres.
Ese objetivo común merece convertirse en el punto de partida de la conversación.
Porque existe una realidad que ya no depende de opiniones.
El Puerto Exterior ha iniciado un camino que no tiene vuelta atrás. Esto no es solo un proceso institucional, es una realidad estratégica: el futuro de la actividad marítima y económica de Chile se construye hoy en San Antonio. Intentar detener esta transformación a nivel país es imposible.
Nuestro verdadero poder, entonces, radica en enfocar toda nuestra energía en mitigar sus efectos negativos, exigir los más altos estándares ambientales, proponer mejoras, fiscalizar su estricto cumplimiento y velar para que los compromisos asumidos se respeten. Todo eso es legítimo y necesario.
Pero también debemos hacernos una pregunta igual de importante.
¿Cómo queremos que encuentre este nuevo escenario a Santo Domingo?
Esa, quizás, es la conversación que todavía no hemos tenido con suficiente profundidad.
Con demasiada frecuencia los territorios enfrentan los grandes cambios mirando únicamente aquello que pueden perder. Es una reacción comprensible. Todos sentimos apego por aquello que amamos. Nuestra costa, nuestros humedales, nuestros barrios, nuestros campos y la tranquilidad que caracteriza a nuestra comuna forman parte de nuestra identidad y merecen ser protegidos.
Sin embargo, la historia demuestra que las comunidades que mejor enfrentan las transformaciones no son necesariamente aquellas donde ocurren menos cambios. Son aquellas que se preparan mejor para ellos.
La diferencia parece sutil, pero cambia completamente la perspectiva.
No se trata de elegir entre desarrollo o calidad de vida.
Se trata de construir un desarrollo que precisamente permita proteger y fortalecer esa calidad de vida.
A lo largo de la historia, las ciudades que lograron prosperar no fueron las que intentaron detener todos los cambios. Fueron las que comprendieron que cada nueva realidad traía consigo responsabilidades, desafíos y también oportunidades que debían ser aprovechadas con inteligencia.
Los grandes puertos del mundo no sólo movilizan mercancías.
Generan conocimiento.
Atraen inversión.
Impulsan innovación.
Favorecen la formación técnica y profesional.
Estimulan nuevas empresas.
Mejoran infraestructura.
Crean redes de servicios que terminan beneficiando a comunidades completas.
Nada de eso ocurre de manera automática.
Pero tampoco ocurre si las comunidades deciden permanecer al margen de los procesos que transforman su entorno.
Quizás esa sea la reflexión más importante para Santo Domingo.
Durante décadas hemos tenido como vecino al principal puerto de Chile. Hemos compartido territorio, historia y geografía. Sin embargo, muchas veces hemos observado ese desarrollo desde cierta distancia, como si perteneciera únicamente a San Antonio.
El Puerto Exterior nos invita a mirar esa relación desde una perspectiva distinta.
No porque Santo Domingo vaya a convertirse en una comuna portuaria. No lo será.
Nuestra vocación seguirá siendo residencial, turística, ambiental y patrimonial.
Eso no está en discusión.
Lo que sí puede cambiar es nuestra capacidad para transformarnos en la mejor comuna para vivir junto al principal puerto del país.
Esa diferencia es enorme.
Porque significa pensar desde ahora cómo formar a nuestros jóvenes para los empleos del futuro.
Cómo fortalecer el comercio local.
Cómo atraer nuevas inversiones compatibles con nuestra identidad.
Cómo mejorar la conectividad.
Cómo impulsar emprendimientos que encuentren nuevas oportunidades.
Cómo proteger con mayor rigor nuestros ecosistemas.
Cómo exigir que este desarrollo venga acompañado de una responsabilidad social y ambiental implacable, trabajando activamente para mitigar cualquier impacto negativo en nuestro entorno.
En otras palabras, significa dejar de preguntarnos únicamente qué hará el Puerto Exterior y comenzar a preguntarnos qué hará Santo Domingo frente al Puerto Exterior.
Las respuestas a esa pregunta no dependen sólo del Estado, de las empresas o de las autoridades.
También dependen de nosotros.
Dependen de la capacidad de una comunidad para conversar con respeto, participar con información, proponer con altura de miras y construir acuerdos pensando en las próximas generaciones y no sólo en las próximas semanas.
Porque, al final, el verdadero desafío nunca ha sido el cambio.
El verdadero desafío siempre ha sido nuestra forma de enfrentarlo.
En la Fundación Soñar Santo Domingo creemos profundamente en nuestra comuna. Creemos en su gente, en su capacidad de diálogo y en la inteligencia colectiva que tantas veces ha demostrado cuando los desafíos han sido importantes.
Por eso no queremos que el Puerto Exterior sea motivo de división.
Queremos que sea una oportunidad para demostrar que una comunidad puede defender aquello que ama sin cerrar la puerta al futuro.
Que puede exigir altos estándares ambientales y de mitigación sin renunciar al desarrollo.
Que puede cuidar su identidad mientras abre nuevos caminos para sus hijos y nietos.
Soñar Santo Domingo nunca ha significado imaginar una comuna inmóvil.
Ha significado imaginar una comuna que crece con sentido.
Que progresa sin perder su alma.
Que comprende que el desarrollo verdadero no consiste únicamente en construir obras, sino también en
construir comunidad.
El futuro ya comenzó a dibujarse en nuestra provincia.
La pregunta no es si llegará.
La pregunta es cómo queremos recibirlo.
Y esa respuesta comienza hoy, con una conversación serena, informada y esperanzadora. Porque cuando una comunidad confía en sí misma, descubre que el futuro no es algo que simplemente sucede.
Es algo que también puede construir.

