
Cuando otros intentan influir sobre el destino de un territorio, la respuesta no debería ser el grito. Debería ser una comunidad capaz de informarse, organizarse y levantar su propia voz.
Hay momentos en que un territorio descubre que su futuro ya no depende solamente de quienes viven en él. Vivimos en un mundo donde organizaciones internacionales, gobiernos, empresas, centros de pensamiento y ONG pueden influir, con enorme capacidad, sobre decisiones que terminan teniendo consecuencias muy concretas en lugares que quizás nunca han pisado. Eso forma parte de un mundo abierto y de una democracia donde todas las voces tienen derecho a participar. Pero existe una pregunta que no podemos dejar de hacernos:
¿quién decide el futuro de un territorio?
San Antonio tiene hoy un caso que obliga a hacerse esa pregunta. El Puerto Exterior no es simplemente una obra de infraestructura. Es una decisión que puede modificar profundamente la economía, el empleo, la actividad portuaria y las oportunidades de desarrollo de San Antonio y de toda la provincia. Por eso es perfectamente legítimo que existan organizaciones que cuestionen el proyecto. Greenpeace tiene derecho a expresar su posición, levantar sus argumentos e intentar convencer a la opinión pública. Pero también nosotros tenemos derecho a preguntar: ¿son esos argumentos los únicos?, ¿quién verifica sus afirmaciones?, ¿qué evidencia las sustenta?, ¿quién evalúa los costos de sus propuestas?
Y, sobre todo, ¿dónde está la voz del territorio que tendrá que vivir con las consecuencias?
Porque una cosa es participar del debate y otra muy distinta es pretender definirlo. El mundo puede opinar sobre San Antonio, por supuesto. Pero San Antonio también puede y debe opinar sobre su propio futuro.
Y no es la primera vez que ocurre algo parecido. En materias comerciales y laborales, Chile también ha enfrentado campañas y gestiones internacionales de organizaciones que han formulado acusaciones sobre nuestras condiciones de trabajo y producción, buscando influir en decisiones que terminan afectando el comercio y, por esa vía, a empresas, trabajadores y comunidades enteras. Podemos discutir cada caso y debemos hacerlo.
Pero hay algo que resulta imposible ignorar: cuando una campaña internacional puede terminar afectando empleos, inversiones o posibilidades de desarrollo, deja de ser solamente una discusión ideológica y se convierte en un asunto de interés público.
Y cuando ese interés público tiene nombre y territorio, la comunidad no puede permanecer como espectadora.
San Antonio no necesita cerrarse al mundo. Necesita algo mucho más difícil: tener voz propia frente al mundo. Una voz capaz de escuchar las críticas sin miedo, pero también de exigir evidencia; de reconocer los impactos ambientales sin convertirlos en una excusa para detener cualquier posibilidad de desarrollo; de defender el desarrollo sin negar la responsabilidad ambiental. Una voz que pueda conversar con quienes piensan distinto sin complejos ni prejuicios y que entienda que el verdadero desafío no consiste en ganar una discusión, sino en construir una mejor decisión para quienes tendrán que vivir con ella.
La respuesta no es otra consigna
Frente a una campaña ideológica, la tentación es responder con otra campaña. Levantar un eslogan, buscar una pelea y dividir el mundo entre buenos y malos. Nos parece que San Antonio merece algo mejor.
La respuesta de una sociedad civil madura no puede ser simplemente aumentar el volumen. Tiene que aumentar la profundidad. Significa informarse, investigar, contrastar, preguntar y convocar. Significa ser capaces de decir, con serenidad, que esto también nos afecta y que queremos participar en la conversación.
Porque la participación ciudadana no consiste solamente en asistir a una reunión, firmar una carta o expresar indignación en las redes sociales. Existe una participación mucho más poderosa: la ciudadanía organizada. Una ciudadanía que conoce su territorio, comprende sus oportunidades y sus riesgos, sabe distinguir entre una evidencia y una consigna y puede sentarse con autoridades, empresas, trabajadores, académicos y organizaciones ambientales para discutir sin necesidad de convertir cada diferencia en una batalla.
Defender el futuro de un territorio no significa estar contra el mundo. Significa tener la madurez suficiente para conversar con el mundo desde la propia identidad.
San Antonio ya demostró que puede hacerlo
Hace pocos días tuvimos una experiencia que para nosotros fue especialmente significativa. El encuentro “San Antonio, Primer Puerto de Chile” reunió a autoridades, especialistas, representantes del mundo portuario, trabajadores y sociedad civil para conversar sobre el presente y el futuro de esta Ciudad Puerto.
No fue una manifestación ni una campaña. Fue una conversación. Y quizás eso sea hoy más importante de lo que parece. Personas con responsabilidades, intereses y miradas diferentes sentadas en una misma mesa, escuchándose y poniendo argumentos sobre la mesa.
San Antonio demostró que puede convocar. Demostró que puede conversar y que tiene actores dispuestos a mirar más allá de la coyuntura y pensar el territorio en grande. Para Fundación Soñar Santo Domingo, esa experiencia dejó una convicción especialmente clara: aquí existe una ciudadanía que puede hacer mucho más.
Una voz que no grita
En Fundación Soñar Santo Domingo creemos profundamente en el valor de una sociedad civil activa. No queremos hablar por San Antonio. Queremos contribuir a que San Antonio pueda hablar por sí mismo.
Eso requiere algo que no se construye de un día para otro: comunidad. Personas dispuestas a informarse, instituciones capaces de convocar, expertos dispuestos a aportar y ciudadanos capaces de disentir sin destruirse. Requiere una conversación pública donde los argumentos pesen más que los eslóganes y donde defender una posición no implique convertir automáticamente al que piensa distinto en un adversario.
Quizás ese sea uno de los grandes desafíos que tenemos por delante. Porque el futuro de San Antonio no se juega solamente en los planos de una obra, en una resolución administrativa o en una campaña internacional. También se juega en nuestra capacidad para estar presentes cuando otros hablan de nosotros, para responder cuando otros intentan decidir por nosotros y para levantar la mirada cuando la discusión se vuelve demasiado pequeña.
Un territorio que conoce su valor no necesita pedir permiso para defenderlo.
San Antonio puede escuchar al mundo, dialogar con el mundo y aprender del mundo. Pero también puede decirle al mundo, con absoluta serenidad, aquí estamos. Este es nuestro territorio. Este es nuestro futuro. Y queremos participar en las decisiones que lo van a construir.
Porque el futuro puede ser discutido por muchos. Pero las consecuencias tendrán que vivirlas quienes habitan este lugar.
Por eso creemos que ha llegado el momento de dar un paso más. No para levantar trincheras, buscar enemigos o convertir una diferencia de opinión en una guerra, sino para construir algo mucho más difícil y mucho más duradero: una ciudadanía capaz de defender su futuro con inteligencia, serenidad y argumentos.
El encuentro que realizamos fue quizás una primera señal. Una demostración de que cuando San Antonio se convoca, San Antonio responde.
Y ahora queda una pregunta que, probablemente, recién estamos comenzando a contestar:
¿Qué pasaría si San Antonio decidiera organizarse para pensar, defender y construir su propio futuro?
Fundación Soñar Santo Domingo
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