El Poder de Servir

Autoridad, ciudadanía y bien común

Una Municipalidad no es solamente una institución que administra servicios, recursos y decisiones. Es la expresión política de una comunidad que comparte un territorio y un destino. 

Magnifica Humanitas aporta una voz especialmente necesaria para pensar esa relación: una autoridad llamada a servir, una ciudadanía llamada a participar y una comunidad que solo puede construir su futuro cuando ambas se reconocen como corresponsables del bien común.

Hay ocasiones en que una comunidad necesita detenerse y preguntarse no solamente cómo se administra, sino también, cómo quiere relacionarse.

En Fundación Soñar Santo Domingo creemos que esa conversación es especialmente necesaria cuando hablamos de la relación entre quienes ejercen la autoridad municipal y quienes vivimos en el territorio.

Por eso nos parece tan significativa la voz que aporta Magnifica Humanitas, la reciente encíclica del Papa León XIV. No porque sea una encíclica sobre municipalidades, porque no lo es, sino porque pone sobre la mesa cuestiones que están en el corazón de cualquier comunidad política: la dignidad de las personas, el bien común, la subsidiariedad, la participación, el diálogo y la corresponsabilidad.

Y esos conceptos nos ofrecen una oportunidad para pensar la Municipalidad que soñamos.

UNA AUTORIDAD QUE SIRVE

Toda autoridad tiene poder. Puede decidir, administrar recursos, establecer prioridades y adoptar decisiones que afectan la vida de las personas. Pero el poder no puede ser el propósito de la autoridad.

Magnifica Humanitas insiste en que la autoridad debe estar orientada al servicio del bien común.

Llevado al ámbito municipal, esto parece sencillo, pero tiene profundas consecuencias: la Municipalidad existe para servir a la comunidad, no la comunidad para servir a la Municipalidad.

Eso no significa que la autoridad deba satisfacer cada demanda. Gobernar también significa establecer prioridades, administrar recursos limitados, tomar decisiones difíciles y asumir la responsabilidad por ellas.

Pero significa hacerlo recordando siempre para qué se recibió esa autoridad.

No para administrar poder.

Para servir.

VECINOS, NO BENEFICIARIOS

La encíclica otorga un lugar central al principio de subsidiariedad. En términos sencillos, significa que aquello que las personas, las familias, las comunidades locales y las organizaciones pueden hacer responsablemente por sí mismas no debería ser absorbido innecesariamente por una instancia superior.

Para la vida municipal, esto tiene una consecuencia muy importante.

Los vecinos no somos solamente destinatarios de las políticas públicas. Somos también protagonistas de la vida del territorio.

Tenemos experiencia, conocimiento, memoria, capacidades y organizaciones. Sabemos cosas que ninguna administración puede conocer completamente desde sus oficinas.

Una Municipalidad que escucha esa experiencia no pierde capacidad de gobierno. Gana inteligencia pública.

NI MUNICIPALIDAD SIN VECINOS, NI VECINOS SIN MUNICIPALIDAD

Pero la subsidiariedad tampoco significa que la autoridad pueda simplemente retirarse y decir: “Ahora que se hagan cargo los vecinos”.

La autoridad tiene responsabilidades que le son propias. Debe proteger, coordinar, planificar, generar condiciones y actuar cuando la comunidad no puede hacerlo por sí misma.

Por eso no imaginamos una Municipalidad sometida a los vecinos ni vecinos obligados a reemplazar a la Municipalidad.

Imaginamos algo diferente: una Municipalidad que gobierna con una comunidad que participa.

Cada uno con responsabilidades distintas, pero ambos orientados hacia un propósito común.

PARTICIPAR ES ENTRAR EN LA CONSTRUCCIÓN

Hay una idea de Magnifica Humanitas que nos parece particularmente poderosa. La encíclica plantea que las personas no deberían encontrarse simplemente frente a decisiones ya tomadas, sino poder participar en su camino de construcción.

Eso nos obliga a distinguir entre informar, consultar y participar.

Informar es decir lo que se decidió.

Consultar es preguntar qué se piensa.

Participar supone algo más: permitir que la voz del otro pueda influir en el proceso mediante el cual se construye una decisión.

Eso no significa que la autoridad deba aceptar todas las propuestas.

Significa que debe existir una disposición real a escuchar, considerar, ponderar y explicar.

Y también exige responsabilidad de los ciudadanos. Participar no consiste solamente en exigir. También implica informarse, proponer, escuchar otras posiciones, aceptar que existen intereses diferentes y estar dispuesto a colaborar cuando corresponda.

EL DIÁLOGO COMO CULTURA

La encíclica también nos recuerda que el diálogo no debería ser una ceremonia excepcional, sino una forma habitual de convivencia.

Esta idea adquiere enorme relevancia en la vida municipal.

Una comunidad que no conversa acumula distancia. Y cuando la distancia se prolonga, aparece la desconfianza.

Por eso creemos que necesitamos una cultura municipal capaz de escuchar incluso aquello que resulta incómodo; una autoridad que pueda recibir una crítica sin convertir automáticamente al crítico en adversario; vecinos capaces de plantear sus diferencias sin transformar cada desacuerdo en una confrontación; y espacios institucionales donde ambos puedan encontrarse.

El diálogo no elimina el conflicto.

Nos enseña a vivir con él sin dejar de ser comunidad.

CORRESPONSABILIDAD

Quizás la palabra que mejor resume esta visión sea precisamente corresponsabilidad.

No significa que todos tengamos las mismas responsabilidades. El alcalde tiene unas; el Concejo Municipal, otras; los funcionarios municipales, las suyas; las organizaciones sociales y los vecinos, también.

Pero esas responsabilidades diferentes pueden encontrarse en un mismo horizonte: el bien común.

La Municipalidad no puede hacerlo todo.

Los vecinos tampoco.

Pero una comunidad puede hacer muchísimo más cuando cada parte comprende que su responsabilidad no termina donde comienza la responsabilidad del otro.

LA MUNICIPALIDAD QUE SOÑAMOS

Como Fundación Soñar Santo Domingo creemos que vale la pena imaginar una Municipalidad con autoridad, pero donde autoridad no signifique distancia.

Una Municipalidad que decida, pero que entienda que decidir no significa dejar de escuchar.

Una Municipalidad que administre, pero que comprenda que administrar no basta para construir comunidad.

Y vecinos que participen, pero que entiendan que participar también significa asumir responsabilidades.

Soñamos con una relación en la que la autoridad no vea al vecino como un problema que debe gestionar y en la que el vecino no vea a la autoridad como un adversario al que debe combatir.

Soñamos con una relación de confianza: una en la que podamos exigir y también colaborar; fiscalizar y también proponer; discrepar y, aun así, seguir construyendo juntos.

Porque una Municipalidad no es solamente el edificio donde trabajan sus funcionarios.

Es la comunidad que existe detrás de ese edificio.

Y si algo nos recuerda Magnifica Humanitas es que el bien común no se administra solamente desde arriba.

Se construye entre personas.

Esa es, para nosotros, la Municipalidad que soñamos: una comunidad donde la autoridad sirva, los vecinos participen y todos comprendamos que el futuro del territorio que compartimos es, finalmente, una responsabilidad de todos.

 

Fundación Soñar Santo Domingo

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