
La confianza es uno de los patrimonios más valiosos que puede tener una comunidad. No se construye con discursos ni con buenas intenciones. Se construye todos los días, a través de pequeñas decisiones que demuestran coherencia, apertura y respeto por quienes depositan su confianza en las instituciones.
En Chile, la probidad pública ha pasado a ocupar un lugar central en la conversación ciudadana. Durante los últimos años hemos conocido numerosos casos de irregularidades en organismos públicos, gobiernos regionales, servicios del Estado y también en municipalidades. Cada nuevo episodio no solo afecta a la institución involucrada, sino que termina debilitando la credibilidad de todas las demás. Cuando la confianza se erosiona, el costo lo pagan las comunidades completas.
Los municipios tienen una responsabilidad especialmente delicada. Son el nivel del Estado más cercano a las personas. Son quienes administran buena parte de los recursos que impactan directamente la calidad de vida de los vecinos y quienes toman decisiones que afectan el desarrollo cotidiano de cada territorio. Por eso, el estándar que debemos exigirles no puede limitarse al cumplimiento de la ley.
Existe una diferencia importante entre hacer las cosas correctamente y hacerlas de manera transparente. La primera se relaciona con la legalidad; la segunda, con la confianza.
Una decisión puede ajustarse plenamente a la normativa vigente y, aun así, generar dudas si fue adoptada sin entregar explicaciones suficientes, sin anticipar posibles cuestionamientos o sin facilitar el acceso a la información. La transparencia no consiste únicamente en responder cuando alguien pregunta. Consiste en comunicar antes de que sea necesario preguntar.
Las mejores administraciones públicas entienden que gobernar también significa explicar. Explicar por qué se toma una decisión, cuáles fueron los criterios utilizados, quiénes participaron, cuáles eran las alternativas y por qué se eligió un determinado camino. Esa disposición no debilita la autoridad. Por el contrario, la fortalece.
La transparencia tiene además una virtud silenciosa: previene conflictos. Muchas controversias públicas no nacen necesariamente de actos irregulares, sino de decisiones que, al no ser suficientemente explicadas, dejan espacio para la sospecha, la especulación o la desconfianza. Cuando la información llega tarde, incompleta o solo después de que surgen las críticas, recuperar la credibilidad resulta mucho más difícil.
Existe un antiguo principio de la ética pública que conserva plena vigencia: las autoridades no solo deben actuar con probidad; también deben procurar que sus actuaciones generen confianza. Ello implica evitar situaciones que puedan ser interpretadas como privilegios, conflictos de interés o falta de imparcialidad, incluso cuando la ley no las prohíba expresamente.
Pero este desafío no corresponde únicamente a quienes ejercen cargos públicos.
Como ciudadanos también tenemos responsabilidades. Debemos informarnos antes de emitir juicios, valorar la evidencia por sobre los rumores, exigir transparencia con respeto y reconocer cuando las instituciones actúan correctamente. Una comunidad madura no vive instalada en la sospecha permanente, pero tampoco renuncia a ejercer un control ciudadano activo y responsable.
Santo Domingo tiene la oportunidad de seguir fortaleciendo una cultura basada en la confianza. Esa confianza no depende exclusivamente de las autoridades de turno. Es una construcción colectiva que involucra a dirigentes sociales, funcionarios públicos, organizaciones comunitarias, empresas y vecinos.
En Fundación Soñar Santo Domingo creemos que el desarrollo de una ciudad no depende únicamente de las grandes inversiones, de los proyectos de infraestructura o del crecimiento económico. También depende de la calidad de sus instituciones y de la fortaleza de su cultura cívica.
La transparencia no es un trámite administrativo. Es una expresión concreta de respeto hacia las personas. Significa reconocer que toda autoridad administra recursos que pertenecen a la comunidad y que, por lo mismo, cada decisión merece ser conocida, comprendida y, cuando corresponda, discutida.
Las ciudades que progresan no son aquellas donde nunca existen diferencias o cuestionamientos. Son aquellas donde las decisiones se toman a la luz del día, donde la información circula con naturalidad y donde la confianza se construye antes que las dudas.
Porque al final, una comunidad fuerte no se mide solo por las obras que inaugura. También se mide por la confianza que es capaz de generar entre quienes la habitan.
Fundación Soñar Santo Domingo
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