
Voces de la Provincia es un espacio abierto creado por la Fundación Soñar Santo Domingo para publicar las reflexiones, propuestas y opiniones de personas que contribuyen al debate público sobre el presente y el futuro de nuestra provincia. Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor.
Álvaro Guzmán Paez / Presidente JJVV Sirenas Santo Domingo
La educación del futuro debe formar personas, no solo transmitir conocimiento
Nuestros niños no necesitan únicamente más conocimientos. Necesitan aprender a distinguir el bien del mal, a amar la verdad y a descubrir que la vida humana posee un sentido que ninguna máquina podrá reemplazar.
Hay preguntas que, como sociedad, no podemos seguir postergando.
Cuando hablamos de educación, solemos concentrarnos en aspectos administrativos, en los resultados académicos, en las metodologías de enseñanza o en las herramientas tecnológicas que debemos incorporar para preparar a nuestros niños para el futuro.
Todas esas preguntas son importantes. Sin embargo, existe una mucho más profunda, una pregunta que debería ocupar el centro de cualquier debate educativo:
¿Qué clase de seres humanos queremos formar?
Podemos enseñar a un niño a leer, a escribir, a resolver ecuaciones y a utilizar las tecnologías más avanzadas. Podemos entregarle conocimientos, competencias y herramientas para desenvolverse en un mundo cada vez más complejo.
Pero, si no le enseñamos a distinguir el bien del mal, a respetar al otro, a cumplir su palabra, a asumir las consecuencias de sus actos, a servir, a perdonar, a agradecer y a amar la verdad, entonces algo esencial habrá quedado fuera de su educación.
Y ese algo es precisamente lo que lo convierte en una persona.
Como hombre de fe, creo que no podemos olvidar una verdad que antecede a cualquier reforma educacional: el ser humano no es solamente inteligencia, conocimiento o capacidad productiva.
Es una persona dotada de dignidad, llamada a desarrollarse plenamente en sus dimensiones intelectual, emocional, social, moral y espiritual.
Educar, por lo tanto, no puede consistir únicamente en transmitir información.
Educar significa formar la conciencia.
Y esta reflexión adquiere una importancia aún mayor en el tiempo que estamos comenzando a vivir.
Nuestros hijos serán la primera generación que convivirá permanentemente con sistemas de inteligencia artificial capaces de responder preguntas en segundos, redactar textos, traducir idiomas, elaborar diagnósticos, analizar enormes volúmenes de información y resolver problemas que, hasta hace pocos años, parecían reservados exclusivamente a la inteligencia humana.
Sin duda, estamos frente a una herramienta extraordinaria, capaz de abrir oportunidades inéditas para el desarrollo científico, económico y social.
Sin embargo, el avance tecnológico también plantea preguntas que no podemos ignorar.
¿Quién enseñará a nuestros hijos a utilizar responsablemente ese conocimiento?
¿Quién les enseñará a reconocer los límites éticos del poder tecnológico?
¿Quién les mostrará que no todo lo técnicamente posible es moralmente aceptable?
La tecnología puede procesar información, identificar patrones y ejecutar tareas cada vez más complejas.
Pero carece de aquello que constituye la esencia del ser humano.
No posee conciencia moral.
No conoce el amor.
No comprende el sufrimiento.
No experimenta la compasión.
No puede perdonar.
No puede asumir responsabilidades.
No puede descubrir el sentido último de la existencia.
Esta distinción es fundamental.
La máquina puede entregar respuestas.
Pero solo el ser humano puede otorgarles significado.
Y esa tarea no puede ser delegada en un algoritmo.
La asume la familia.
La fortalece la comunidad.
La desarrolla una educación capaz de formar personas íntegras.
El gran riesgo de nuestra época es confundir información con sabiduría.
Podríamos terminar formando generaciones extraordinariamente preparadas desde el punto de vista técnico, pero profundamente empobrecidas en el plano humano.
Por eso, la formación en valores no puede convertirse en un elemento secundario dentro del sistema educativo.
Debe ocupar un lugar central.
Nuestros niños necesitan aprender matemáticas, ciencias, historia, literatura y tecnología.
Por supuesto que sí.
Pero también necesitan aprender que la dignidad de una persona no depende de sus resultados.
Que la verdad sigue siendo un valor irrenunciable.
Que respetar al más débil es una expresión de fortaleza.
Que la palabra empeñada tiene valor.
Que el servicio a los demás dignifica.
Que el éxito alcanzado sin principios puede convertirse en el mayor de los fracasos.
Y que la libertad no consiste en hacer todo lo que deseamos, sino en aprender a elegir aquello que nos hace mejores.
Como presidente de una junta de vecinos, pero, sobre todo, como padre, abuelo, vecino y creyente, quisiera que esta reflexión estuviera presente cada vez que discutamos sobre el futuro de la educación.
No se trata de elegir entre conocimientos y valores.
Necesitamos ambos.
Necesitamos niños capaces de comprender y aprovechar los avances científicos y tecnológicos, pero que nunca renuncien a los principios que sostienen su humanidad.
Necesitamos jóvenes preparados para enfrentar un mundo cada vez más exigente, pero también comprometidos con la construcción de una sociedad más justa, más solidaria y más fraterna.
Porque quizás el gran desafío educativo del siglo XXI no sea preparar a nuestros hijos para competir con las máquinas.
Quizás el verdadero desafío no sea enseñarles a habitar el mundo tecnológico, sino ayudarlos a conservar aquello que ninguna tecnología podrá reemplazar: su capacidad de amar, de discernir y de actuar con responsabilidad.
Y, para quienes creemos en Dios, existe un desafío todavía mayor.
Formar personas capaces de reconocer en cada ser humano la huella de su Creador.
Personas que comprendan que la grandeza del ser humano no reside únicamente en todo lo que puede llegar a hacer, sino también en el bien que libremente decide realizar.
Porque no basta con enseñar a saber.
Hay que enseñar a ser.
Y quizás esa sea la lección más importante que podamos transmitir a las nuevas generaciones.
Álvaro Guzmán
Presidente Junta de Vecinos Sirenas
Santo Domingo


