
Una comunidad no necesita pensar igual para construir un futuro común. Pero sí necesita algo mucho más difícil: sentarse a conversar, escucharse y seguir soñando juntos.
Todos hablamos. Muchísimo.
En las reuniones, en los grupos de WhatsApp, en las redes sociales, en las juntas de vecinos. Tenemos opiniones para casi todo. Lo curioso es que, a veces, lo que más escasea no son las palabras, sino las ganas de escuchar las que vienen después.
Las noticias nos muestran todos los días la misma escena, repetida en distintos escenarios: personas que hablan pero no se escuchan. Políticos que discuten con sus adversarios y, a veces, hasta con sus propios socios. Jóvenes que no entienden a los mayores y mayores que no entienden a los jóvenes. Ciudadanos que golpean las puertas de los servicios públicos y reciben, en el mejor de los casos, silencio.
Algo se ha perdido.
No es solamente un problema de buena voluntad ni de buenas intenciones. Es, creemos, la pérdida de una capacidad que alguna vez tuvimos mucho más presente: la capacidad de dialogar.
Dialogar parece sencillo.
En Fundación Soñar Santo Domingo también lo hemos vivido.
Hemos convocado instancias de conversación en nuestra comuna, sobre asuntos que consideramos importantes para el futuro que compartimos. Y algunas veces la mesa ha quedado bastante más despejada de lo que hubiéramos querido. Digamos que hemos tenido sillas disponibles de sobra.
No lo contamos como reproche. Lo contamos porque creemos que es un síntoma que vale la pena mirar de frente.
Quizás todavía no hemos adquirido suficientemente el hábito de encontrarnos.
Porque dialogar parece sencillo hasta que llega el momento de hacerlo. Requiere tiempo, disposición y algo que hoy puede resultar sorprendentemente difícil: escuchar una idea distinta sin sentir inmediatamente la necesidad de contestarla.
Y, sobre todo, requiere aceptar que conversar no significa necesariamente terminar de acuerdo.
Pero también hemos visto lo contrario
Hace pocos días vivimos una experiencia que nos mostró que sí es posible.
El encuentro “San Antonio, Primer Puerto de Chile: Puerta de Chile al Mundo” reunió a la Fundación y a la Municipalidad de San Antonio en un mismo esfuerzo: pensar juntos el futuro portuario de la provincia.
No se trató simplemente de que el municipio nos recibiera. Se trató de algo más importante: dos instituciones con responsabilidades distintas, miradas distintas y experiencias distintas fueron capaces de sentarse alrededor de una preocupación común y conversar sobre el futuro.
Y cuando eso ocurre, algo cambia.
Esa experiencia nos dejó una certeza sencilla, pero poderosa: el diálogo es posible.
No es una utopía. No es una frase bonita para un discurso. Tampoco significa que todos debamos pensar igual.
Significa algo mucho más sencillo y, quizás por eso, mucho más difícil: que podemos pensar distinto y seguir sentados a la misma mesa.
Lo que todavía nos falta
Santo Domingo está cambiando.
Cambian sus barrios, sus necesidades, sus habitantes y también las preguntas que debemos hacernos sobre el lugar que queremos construir. Conviven aquí quienes llevan generaciones sintiéndose parte de esta tierra con quienes han llegado hace pocos años. Están el Balneario, Las Villas y el sector rural. Hay jóvenes, adultos mayores, familias de toda la vida y nuevas generaciones que empiezan a imaginar su propio futuro aquí.
No todos vemos las cosas de la misma manera.
Y está bien.
Una comunidad no necesita que todos piensen igual para avanzar. Lo que necesita es ser capaz de conversar sobre sus diferencias sin dejar de reconocerse como comunidad.
Tal vez una de las cosas que más nos cuesta del diálogo es aceptar que no siempre tiene que terminar con alguien teniendo razón.
Y, para ser honestos, eso puede ser especialmente difícil cuando uno está bastante seguro de que la tiene.
Pero ahí está precisamente el valor de conversar.
Dialogar no significa renunciar a nuestras convicciones. Significa estar dispuestos a escuchar las del otro. No significa borrar las diferencias, sino aprender a convivir con ellas. No significa que salgamos de una conversación pensando lo mismo, sino que podamos salir de ella entendiendo un poco mejor por qué el otro piensa diferente.
Eso también es construir comunidad.
La conversación que Santo Domingo necesita
Por eso creemos que a Santo Domingo le hace falta más diálogo.
Entre vecinos y autoridades. Entre generaciones. Entre quienes quieren preservar lo que somos y quienes quieren transformar lo que podemos llegar a ser. Entre quienes viven en distintos sectores de nuestro territorio. Entre quienes tienen distintas ideas sobre el desarrollo, el crecimiento y el futuro.
Nos hacen falta conversaciones en las juntas de vecinos, en las escuelas, en las organizaciones sociales, en las plazas y también, simplemente, en aquellos lugares donde todavía nos cruzamos a diario sin detenernos a conversar.
Porque el futuro de Santo Domingo no se construirá solamente con obras, inversiones, planes o decisiones administrativas.
También se construirá con las conversaciones que seamos capaces de tener antes de decidir qué futuro queremos.
Y esas conversaciones no pueden ocurrir siempre desde un escritorio.
Necesitamos mirarnos. Escucharnos. Discutir, incluso. A veces disentir con fuerza. Pero sin perder de vista algo esencial: seguimos hablando de la misma casa.
Una invitación
Desde Fundación Soñar Santo Domingo queremos ayudar a abrir esos espacios.
Pequeños y grandes. Formales e informales. Sobre los grandes temas de nuestra comuna y también sobre aquellas cosas aparentemente pequeñas que, cuando se acumulan, terminan definiendo nuestra vida cotidiana.
Queremos que los vecinos puedan encontrarse con sus autoridades. Que los jóvenes puedan conversar con los mayores. Que los distintos sectores de Santo Domingo puedan escucharse entre sí. Que las diferencias no sean una razón para dejar de conversar, sino precisamente una razón para hacerlo.
No buscamos que todos piensen igual.
Buscamos que todos se escuchen.
Porque quizás eso es, en el fondo, lo que significa soñar juntos.
No imaginar todos exactamente el mismo futuro.
Sino ser capaces de sentarnos alrededor de una misma mesa y preguntarnos, juntos, qué clase de lugar queremos dejarles a quienes vienen después de nosotros.
San Antonio nos mostró que cuando el diálogo encuentra voluntad de ambas partes, algo bueno puede germinar.
Ahora queremos sembrar esa misma voluntad en Santo Domingo.
Porque una comunidad no se construye cuando todos dicen lo mismo.
Se construye cuando, aun pensando distinto, seguimos teniendo ganas de conversar.
Soñar Santo Domingo no es soñar solos.
Es atrevernos a imaginar juntos el lugar que queremos habitar.
Fundación Soñar Santo Domingo
Soñando hoy la comunidad que heredarán las próximas generaciones.
Hay un lugar en este sueño para ti.
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