
Porque avanzar no es olvidar de dónde venimos. Es llevarlo con nosotros hacia el futuro.
Hay lugares que crecen sin dejar de ser quienes son.
Santo Domingo puede abrazar lo que viene, abrirse a nuevas oportunidades y, al mismo tiempo, cuidar aquello que generaciones enteras han construido, protegido y aprendido a querer.
Porque Santo Domingo siempre ha estado cambiando.
Quizás no nos guste demasiado reconocerlo. Tenemos una relación bastante particular con los cambios: nos gustan cuando mejoran nuestra vida, pero preferimos que no se lleven nada de aquello que nos trajo hasta aquí.
Queremos mejores caminos, pero seguimos queriendo calles tranquilas.
Queremos más servicios, pero no queremos perder esa sensación de vivir en un lugar especial.
Queremos que lleguen nuevas familias, nuevas oportunidades y nuevas inversiones, pero esperamos que los árboles sigan donde están y que el paisaje conserve esa familiaridad que nos hace saber que estamos llegando a casa.
Y, en realidad, no hay nada extraño en eso.
Es lo que ocurre cuando una comunidad quiere a su territorio.
Porque Santo Domingo no es solamente un lugar donde vivimos.
Es una forma de vivir.
Lo que hoy llamamos tradición alguna vez fue futuro
Vale la pena recordar algo que a veces olvidamos.
Lo que hoy defendemos como parte de la esencia de Santo Domingo alguna vez fue una novedad.
Hubo un momento en que los caminos que hoy conocemos tuvieron que abrirse. Hubo casas que todavía no existían, barrios que aún no aparecían en el paisaje y familias que todavía no habían decidido hacer de este lugar su hogar.
Alguien, en algún momento, tuvo que imaginar que Santo Domingo podía ser algo más.
Y gracias a esas personas, nosotros recibimos el Santo Domingo que conocemos.
No recibimos un lugar terminado.
Recibimos una historia en marcha.
Y ahora nos toca escribir una parte de ella.
Nuestros hijos y nuestros nietos vivirán en un Santo Domingo diferente al que conocemos hoy. Tendrán otras necesidades, se moverán de otras maneras y probablemente encontrarán normales muchas cosas que para nosotros todavía parecen lejanas.
La pregunta no es si eso ocurrirá.
La pregunta es otra:
¿Qué parte de lo que somos queremos que viaje con ellos hacia ese futuro?
Una línea en un plano no trae una retroexcavadora
En estos días, la discusión sobre las nuevas conexiones que aparecen en la planificación territorial ha despertado interés y preocupación.
Y es comprensible.
Cuando una línea aparece dibujada sobre un plano, nuestra imaginación hace el resto. De pronto vemos la calle terminada, los autos pasando, el paisaje transformado y casi podemos escuchar la retroexcavadora trabajando a primera hora de la mañana.
Pero la realidad es bastante menos cinematográfica.
La Imagen Objetivo del nuevo PREMVAL Satélite Borde Costero Sur es una etapa de planificación. No construye calles ni puentes, no asigna automáticamente recursos y no significa que una obra que aparece proyectada vaya necesariamente a ejecutarse.
Entre una idea territorial y una obra construida existe un largo camino.
Y quizás eso sea, precisamente, una buena noticia.
Porque todavía tenemos tiempo.
Tiempo para conocer. Tiempo para preguntar. Tiempo para mirar alternativas.
Tiempo para pensar qué necesita el Santo Domingo que viene y qué cosas queremos proteger.
El futuro todavía no está escrito.
Crecer sin dejar de ser
Santo Domingo va a enfrentar nuevas necesidades.
El crecimiento de nuestra localidad, la evolución de San Antonio, el desarrollo del Puerto Exterior y los cambios que experimentará toda la provincia harán que la conectividad, los servicios y la infraestructura adquieran una importancia cada vez mayor.
No podemos pretender que el mundo cambie mientras Santo Domingo permanece exactamente igual.
Pero tampoco tenemos por qué aceptar que crecer signifique parecernos a cualquier otro lugar.
Ahí está, quizás, la parte más interesante de esta historia.
Podemos crecer y preservar.
Podemos mejorar nuestras conexiones sin renunciar a la tranquilidad.
Podemos recibir nuevas familias sin perder nuestra identidad.
Podemos abrir nuevas oportunidades sin sacrificar los espacios que hacen especial nuestro territorio.
Podemos modernizar nuestra infraestructura sin convertir todo aquello que amamos en una sucesión interminable de pavimento, autos y edificios.
Porque el progreso no debería medirse solamente por cuánto construimos.
También debería medirse por lo que somos capaces de conservar mientras construimos.
Porque un territorio también se siente
Un plano puede mostrar caminos, áreas urbanas, zonas de expansión y conexiones.
Pero un plano no muestra todo. No muestra el árbol que alguien plantó hace treinta años. No muestra la vista que una familia disfruta cada mañana. No muestra al vecino que todavía se encuentra con otro vecino en el almacén y termina conversando quince minutos sobre cualquier cosa.
No muestra esa sensación tan difícil de medir que aparece cuando uno entra a Santo Domingo y sabe que está llegando a un lugar distinto. Eso también forma parte del territorio. Y quizás sea precisamente lo que más debemos cuidar.
Porque las ciudades pueden tener excelentes carreteras, magníficos edificios y mucha infraestructura.
Pero no todas consiguen construir una identidad.
Santo Domingo la tiene.
La hemos recibido. Y tenemos la responsabilidad de no perderla.
Porque habrá cosas que debamos cambiar. Habrá nuevas conexiones que serán necesarias, nuevos servicios que tendremos que incorporar y nuevas formas de relacionarnos con el territorio.
Pero también habrá cosas que tendremos que defender con especial cuidado.
Nuestros paisajes. Nuestros espacios abiertos. Nuestros árboles. Nuestra tranquilidad. Nuestra relación con la naturaleza.
La escala de nuestros barrios.
Y esa mezcla tan nuestra entre balneario, villas y campo, que hace que Santo Domingo no sea simplemente otro lugar donde vivir.
Las raíces no impiden crecer
Durante mucho tiempo hemos tendido a presentar la tradición y el futuro como si fueran enemigos.
Como si para avanzar tuviéramos que dejar algo atrás.
Pero no necesariamente es así.
Las raíces no impiden que un árbol crezca.
Le permiten crecer.
Quizás esa sea una buena manera de pensar el futuro de Santo Domingo.
No se trata de quedarnos mirando hacia atrás.
Se trata de avanzar sabiendo de dónde venimos.
La tradición no significa congelar el territorio. Significa reconocer aquellas cosas que tienen valor y que merecen permanecer mientras todo lo demás puede transformarse.
Eso requiere criterio.
Y también requiere imaginación.
Porque habrá cosas que debamos cambiar. Habrá nuevas conexiones que serán necesarias, nuevos servicios que tendremos que incorporar y nuevas formas de relacionarnos con el territorio.
Pero también habrá cosas que tendremos que defender con especial cuidado.
Nuestros paisajes.
Nuestros espacios abiertos.
Nuestros árboles.
Nuestra tranquilidad.
Nuestra relación con la naturaleza.
La escala de nuestros barrios.
Y esa mezcla tan nuestra entre balneario, villas y campo, que hace que Santo Domingo no sea simplemente otro lugar donde vivir.
La oportunidad de mirar antes de decidir
Por eso, lo que hoy aparece en los instrumentos de planificación no debería ser recibido ni como una sentencia ni como una amenaza.
Debería ser entendido como una invitación. Una invitación a mirar un poco más lejos.
A preguntarnos qué Santo Domingo queremos cuando seamos más.
Cuando tengamos nuevas necesidades.
Cuando San Antonio esté viviendo plenamente su nueva etapa portuaria.
Cuando nuestros hijos sean quienes tomen las decisiones.
La buena planificación no consiste en adivinar exactamente cómo será el futuro. Consiste en estar preparados para él.
Y la buena comunidad tampoco es aquella que está de acuerdo en todo. Es aquella que puede conversar sobre lo que viene sin dejar de escucharse.
Por eso tenemos una oportunidad que vale la pena aprovechar: participar de las decisiones antes de que se conviertan en realidades difíciles de modificar.
Mirar los proyectos. Conocer sus fundamentos. Preguntar por sus efectos. Proponer alternativas.
Y, sobre todo, preguntarnos qué queremos conservar mientras hacemos espacio para lo nuevo.
El Santo Domingo que vamos a entregar
Hay algo profundamente hermoso en saber que el lugar donde vivimos no nos pertenece completamente.
Lo recibimos de quienes estuvieron antes. Y algún día tendremos que entregarlo a quienes vendrán después.
Pero no se trata de dejar Santo Domingo exactamente como lo recibimos.
Se trata de entregarlo mejor de como lo encontramos, sin dejar que deje de ser Santo Domingo.
En Fundación Soñar Santo Domingo creemos que crecer y preservar no son caminos opuestos.
Creemos que podemos abrazar el futuro sin soltar nuestras raíces.
Y creemos que esta conversación merece hacerse con esperanza, con información y también con cariño por el lugar que hemos recibido.
Porque quizás el verdadero progreso no consiste en transformar Santo Domingo en otra cosa.
Quizás consiste en lograr que, después de todos los cambios que vendrán, podamos seguir mirándolo y reconocerlo.
Reconocer sus paisajes.
Reconocer sus barrios.
Reconocer su tranquilidad.
Reconocer su espíritu.
Y, sobre todo, reconocernos nosotros mismos en él.
Algún día serán otros los que caminen por estas calles.
Encontrarán un Santo Domingo distinto al nuestro, porque habrá sabido avanzar.
Ojalá también encuentren algo familiar.
Un paisaje que todavía reconozcan.
Un árbol que siga en pie.
Una calle que conserve su escala.
Un lugar que siga teniendo esa sensación difícil de explicar que nos hace saber que estamos llegando a casa.
El futuro viene.
Abrámosle la puerta.
Pero hagámoslo de una manera que permita que, cuando llegue, Santo Domingo siga teniendo raíces.
Fundación Soñar Santo Domingo
Soñando hoy la comunidad que heredarán las próximas generaciones.
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